Rulfo era un gigante

Diario Monitor, Domingo 27 de Noviembre 2005.



Rulfo era un gigante 
Por Javier Vargas Pereira
Fotos tomadas de:
 
“El ajedrez ha sido para mí una pasión, pero no una adicción. En algún momento de mi vida tuve que tomar la decisión de jugar ajedrez o trabajar, y aunque tenía muy buenas posibilidades en el ajedrez afortunadamente elegí trabajar y no me arrepiento”.
           
Don Alfonso Ferriz Carrasquedo tiene 83 años de edad. Actualmente dirige la Escuela Nacional de Ajedrez, imparte clases y participa en casi todos los torneos nacionales. Profesionalmente es Ingeniero Químico titulado en la UNAM y Maestro con estudios de doctorado en Ciencias Administrativas en el Instituto Politécnico Nacional. En entrevista, reconoce que el ajedrez ha sido para él un laboratorio para el estudio del proceso aun misterioso y todavía indefinido del aprendizaje. Dice estar convencido de que la imaginación y la creatividad son la base para el éxito en la vida. Lamenta que nuestro sistema educativo evidencia que nos hemos dedicado a preparar profesionales o técnicos, pero no hombres íntegros ni buenos ciudadanos. Como ajedrecista ha sido 8 veces campeón del Distrito Federal, Campeón Centroamericano en 1945, subcampeón del Open de Nueva York en 1978, y seis veces Subcampeón Nacional.
¿Qué es para usted el ajedrez?
Es una actividad mental medible y una herramienta que sirve para estudiar el efecto que tienen miles de factores aplicables a la vida. Curiosamente, en la sociedad utilitaria en que vivimos todavía hay lugar para una actividad como el ajedrez, solo explicable por su expresión artística y porque ahora hay conciencia en las instituciones de educación superior de que el ajedrez desarrolla una serie de habilidades del pensamiento. Me refiero al DHP (desarrollo de habilidades del pensamiento), materia que se enseña en el TEC de Monterrey, en el IPN y en otras universidades, que le servirán al alumno para aproximarse al éxito en cualquier profesión que elija, por ejemplo, la visualización mental de imágenes a futuro a partir de lo que tiene a la vista. Un ingeniero que sea capaz de visualizar mentalmente una casa o una máquina, tiene una ventaja enorme ante el que necesita verlas plasmadas en un dibujo.
Para mi, que me considero un educador nato, aunque tal vez con muchas limitaciones, el ajedrez me ha dado una herramienta para fundamentar mis ideas sobre la educación, pues me disgusta el sistema educativo formal, de carácter piramidal, jerarquizado y autoritario, con programas rigurosamente calendarizados, con reglas que le indican a uno todo: el tiempo que se debe dedicar a cada tema, cómo darlo, sin libertad para enseñar ni libertad para aprender. Tal vez tenga que ser así; acepto que por lo pronto es así, pero me choca. Sobre todo no me gustan los resultados: muchachos que secuestran camiones para asaltar comercios y hacer todo tipo de desmanes cuando se encuentran en grupo. Muchachas y muchachos sin valores morales ni espirituales ni éticos. Todo esto evidencia que nos hemos dedicado a preparar profesionales o técnicos, pero no hombres íntegros ni buenos ciudadanos. Tengo una pequeña cantidad de alumnos, tal vez de los mejores de cada escuela, pero no acabo de saber si porque son los mejores les gusta el ajedrez o si el ajedrez ha tenido algo que ver en que estén entre los mejores, pero es evidente que el sistema que nosotros usamos, que es lo que se llama educación informal, ha dado excelentes resultados. Los alumnos escogen cómo estudiar, cuándo estudiar y dónde estudiar. El papel del maestro se limita a mostrarles con su ejemplo los aspectos positivos de la actividad y los guía con sus comentarios que tienen que ir de acuerdo a la edad, el nivel, la capacidad, las creencias y las aptitudes de cada quien. Como se ve, en la enseñanza formal esto no se toma en cuanta para nada.
En conclusión, el ajedrez ha sido para mí un laboratorio para el estudio del proceso aun misterioso y todavía bastante indefinido del aprendizaje. En estos últimos cuarenta años hemos avanzado algo, aunque para muchos ya era obvio. Estoy convencido de que la imaginación y la creatividad son la base para el éxito del alumno en la vida y que finalmente lo aproximan a ser feliz.
¿A qué edad empezó usted a jugar?
Yo empecé como a los ocho años. En la familia todo el mundo jugaba ajedrez y tuvimos la suerte de que un tío muy cercano, Francisco Santa Cruz, campeón de Piedras Negras, Coahuila, nos mostró la belleza del juego.
¿A su juicio, en qué medida los principios del ajedrez son aplicables a la vida?
El ajedrez ha sido para mi una pasión, pero no una adicción. En algún momento de mi vida tuve que tomar la decisión de jugar ajedrez o trabajar, y aunque tenía muy buenas posibilidades en el ajedrez afortunadamente elegí trabajar y no me arrepiento. Hubo épocas, tal vez 10 años, en que dejé de jugar totalmente. Y lo que ahora recomiendo siempre a mis alumnos es más o menos lo que he vivido. Primero, asegurarse un medio para vivir. Segundo, hay que hacer deporte para garantizar la salud que permita disfrutar un decoroso bienestar económico. Por eso, además del ajedrez, he practicado casi todos los deportes. Tercero, cultivar con pasión las inquietudes culturales en las cuales está incluido principalmente el ajedrez. También traté de incursionar en la literatura y en la poesía, pero sin mucho empuje. Esto se explica porque en una época, entre los años 1945 y 1953 tuve la suerte de convivir con Juan José Arreola y con Juan Pérez Rulfo, o sea, Juan Rulfo. Ellos eran verdaderos gigantes. La cercanía se dio porque trabajábamos juntos en la misma empresa. Con Arreola siempre fuimos amigos y él fue quien nos dirigía en un pequeño taller literario que se formó en la empresa Euzkadi. En cuarto lugar debo mencionar las inquietudes espirituales. Estas cada vez me inquietan más. He creado una filosofía de la moral que tal vez raya en la soberbia y en la arrogancia, pero me satisface y me hace sentir bien. He estado estudiando ciertas técnicas del budismo, así como de los diferentes yogas, tratando de comprender el secreto del éxito, de la felicidad, del amor, de la educación, de la amistad y de la lealtad. Tal vez ya no me alcance el tiempo para terminar de comprender todo eso, pero igual sigo. 
¿Está usted de acuerdo con la afirmación de que el ajedrez desarrolla la inteligencia?
Sí, por supuesto. Como ya le expliqué, desarrolla la visualización, la memoria visual, la capacidad para tomar decisiones, el sentido de organización, la planeación y la imaginación. Todas son habilidades que ahora se consideran parte de la inteligencia emocional
¿En qué medida desarrolla la creatividad y la inventiva?
La creatividad no es sólo tener ideas originales sobre cualquier cosa, sino el ver un problema desde diferentes puntos de vista, y en eso el ajedrecista recibe un entrenamiento increíblemente valioso. Ante una posición empieza a buscar soluciones y aun si encuentra una satisfactoria, busca y busca otras desde diferentes puntos de vista. Eso es parte de la creatividad y de la inventiva. Algo que siempre admiré del escritor Juan José Arreola es que tenía una memoria prodigiosa. Cuando hablaba sobre un tema determinado acudía a su mente todo lo que había leído y conocido sobre ese tema y lograba componer una idea estética y profunda a partir de ello.
La memoria del ajedrecista se parece un poco a la que tenía el compositor Agustín Lara, a quien se le criticaba porque algunas de sus canciones eran parecidas a los ritmos de otras ya conocidas, sin embargo, él explicaba que no podía evitar que a su mente acudieran esos temas ya conocidos y lo que él hacía era adaptarlos inconscientemente a su obra, resultando, por supuesto, una nueva obra bellísima. Igual le ocurre al ajedrecista: su memoria registra los patrones de una posición o combinación especial, los que le inspiran para encontrar una solución.
¿Cree usted que la práctica del ajedrez hace mejores ciudadanos?
Desde luego que hay varias clases de ajedrecistas. En general son gente que tiene una autoestima muy alta y que rehuye el ser considerado un tipo vulgar. Eso se refleja en su forma de conducirse, respeta al contrario y cumple con sus deberes. Se considera un ciudadano que respeta y cumple las leyes. Desde luego que también hay gente tramposa que, curiosamente, nunca llega a ser número uno, generalmente son mediocres, aun teniendo la capacidad y el talento para ser brillantes. Un jugador exitoso siempre tiene una enorme autoestima e incluso hay la hipótesis de que para ser número uno en cualquier área esa autoestima es indispensable.
¿Qué personajes del ajedrez han dejado una huella o una enseñanza en usted?
¡Ah, caray! Desde luego todos los grandes maestros conocidos. De los  no muy conocidos me impactó mucho el juego de Charousek, el de Zukertort, el de Edgar Colle; desde luego, primero que nadie, Philidor, con su librito “Análisis del Juego de Ajedrez”, que siempre me ha parecido genial.
¿Cuál es para usted el mejor ajedrecista mexicano de todos los tiempos?
No hay duda que es Carlos Torre. Él está en una categoría especial que no ha logrado ningún otro mexicano. Llegó a ser el quinto mejor ajedrecista del mundo. También debo mencionar al maestro José Joaquín Araiza, de quien Alexander Alekhine alguna vez dijo: “Si hubiera un campeonato mundial de aficionados, Araiza podría haber sido el campeón mundial.” Gilberto Hernández, José González o Marcel Sisniega, apenas han logrado ser considerados entre los cien primeros. Claro, tenemos jugadores muy talentosos como Rafael Espinosa, Guil Russek y algún otro, pero no han tenido relevancia internacional.
 ¿En que medida el ajedrez se ajusta a la idiosincrasia del mexicano?
Aunque creo que mi juicio no tiene mucho valor en cuanto a juzgar los aspectos sicológicos del mexicano, hemos discutido mucho este asunto con sicólogos y creemos que el mexicano se aproxima más al perfil de jugador artista: trabaja poco, pero aprecia y le apasiona la belleza del juego. Gana a base de astucia y talento, pero le falta la persistencia del estudio y conocer la agonía del trabajo al límite de sus fuerzas. Me decepciona comprender que para muchos de nuestros principales jugadores el mayor y tal vez único estímulo es el dinero. Eso explica los chanchullos, los arreglos y componendas que a veces vemos en los principales torneos a nivel nacional. Me decepcionan los torneos de equipos en que se ve todo menos espíritu de equipo. Cuando hay estímulos individuales para los mejores resultados, como en alguna Olimpiada en que se ofrecieron becas para los mejores a nivel individual, nuestros campeones ya no querían jugar contra los equipos más fuertes y menos contra un buen jugador, y si por casualidad iban bien colocados, ya no querían competir para no arriesgar su porcentaje; solo querían jugar contra los más débiles. En fin, una serie de razonamientos complicadísimos de astutos, pero no auténticos jugadores, para sacar un provecho individual sin importarles un bledo el resultado final del equipo.
 
¿Qué les sugeriría a las autoridades de la Secretaría de Educación Pública respecto a la enseñanza del ajedrez en las escuelas?
 
Antes que nada, que tomen conciencia de los valores pedagógicos del ajedrez. Está probado que desarrollan una serie de habilidades que le servirán al alumno, cualquiera que sea la actividad a la que se vaya a dedicar. El movimiento de las piezas y la técnica del juego la puede enseñar cualquiera que sepa jugar, pero la correcta actitud ante el adversario, la disciplina en el estudio y la aptitud para alcanzar el éxito por méritos propios sólo los transmite un verdadero educador. Tanto el ajedrez como cualquier otra materia requiere de un sistema de enseñanza. Si no se tiene ese sistema también se avanza, pero muy lentamente. La SEP debe incorporar el ajedrez a las escuelas como una materia optativa.
 
¿Qué les diría a los niños y jóvenes que empiezan a aficionarse al ajedrez?
 
El gran maestro Carlos Torre nos dijo alguna vez: “el ajedrez sólo requiere concentración y persistencia.” O sea que no requiere cualidades especiales como una gran memoria o una intuición excepcional, sino un poco de sacrificio y constancia. A veces el joven estudiante tiene que dejar a un lado fiestas y aficiones aparentemente más atractivas, pero no debe perder de vista que el ajedrez le va a dar enormes satisfacciones que le durarán toda la vida. El ex campeón del mundo, Tigran Petrosian, en una plática en nuestra Escuela Nacional de Ajedrez, alguna vez nos dijo: “Lo primero es amar el ajedrez con devoción.”