Ajo-647 El ajedrecista y las herencias

Ajolotl No. 647
AJO-647
Fecha: jueves 17 de septiembre de 2009

 
Últimamente, los temas de esos artículos editoriales de El Ajolotl han cambiado, un poco, de rumbo. En el pasado su autor analizaba partidas, generalmente, de jugadores de fama mundial o ponía la lupa sobre ciertas situaciones que prevalecían en el ámbito ajedrecístico nacional o internacional. En fechas más recientes, el Ajolotero ha tratado aspectos relacionados con el psique del jugador de ajedrez, sus problemas y las metas que se ha puesto en su vida. El motivo de este desplazamiento, el cual de ninguna manera es estricto o absoluto, radica en la circunstancia de que especialmente en nuestro país, se observa una ausencia casi completa de reflexiones acerca de lo que piensa y siente un ajedrecista frente a un abanico de temas.
 
 Esta ausencia de lo que es el ajedrecista se percibe aún más agudamente en la cantidad reducidísima de artículos y columnas de ajedrez en los diarios, en los discursos de los organizadores que se apresuran para inaugurar una competencia y simplemente dejan de pensar en el elemento más importante de su torneo, que es el propio jugador, y por la mecanización globalizada de toda la información relacionada con nuestro deporte ciencia.
 
Pero este fenómeno de la globalización ha invadido toda la actividad humana, convirtiéndolo en un efímero participante y luego en un observador. Muchos deportistas cuelgan sus tenis cuando sienten que ya no dan más y asumen el papel de instructor, que al menos les deja un poco de dinero.
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Surge pues, un cúmulo de problemas del jugador, de si le hace falta viajar, de si se va a casar, de si quiere y puede tener hijos, si estudia tan frenéticamente para subir de nivel que se olvida de “vivir”, en fin, si cuenta con un amigo o un mecenas para ayudarle económicamente, y finalmente, se logra su propósito, por ejemplo de cumplir con las normas para colgarse el codiciado título de Gran Maestro. Pero en muchos casos, ahí no termina su lucha porque la competencia es feroz y no le queda más que seguir dedicando la mayor parte de su tiempo al estudio porque la falta de estudio significa anquilosis o atrofia y después puede sobrevenir la desesperación. Un Samuel Reshevsky, el famoso niño prodigio de hace un siglo, y hasta el campeón mundial Alexander Alekhine murieron en una situación económica deplorable. Pero parece que para muchos jugadores, las posibilidades de amasar una pequeña fortuna o al menos un ingreso decoroso, se han mejorado, en comparación con situaciones pasadas, a pesar de una competencia feroz entre los mejores del planeta…
 
Bueno, hasta aquí un poco de generalidades y pasamos al tema, tan oscuramente pincelado en el encabezado de este artículo: el ajedrecista y las herencias.
 
Quiero hablar de las herencias de tableros, ajedreces, ajedreces de bolsillo y sobre todo libros y revistas que han coleccionado ciertos jugadores en el transcurso de su vida. Llega el momento del fin y la gran pregunta es: ¿Qué hago con mis libros?
 
Sin mencionar nombres, recuerdo que varios jugadores han dejado sus libros a nuestro club de ajedrez. Se llenaron los libreros, se vendieron los mejores ejemplares, pero surge otro fenómeno. La posibilidad de explotar financieramente tales herencias. Más de la mitad de las publicaciones, a menudo, ha quedado sin vender. Y el club sigue exponiéndolas en sus vitrinas pero casi se puede hablar de un lastre.
 
Hay jugadores, como por ejemplo, Hikaru Nakamura, el campeón de los Estados Unidos, declaró sin ruborizar que a él no le han interesado las partidas de las grandes estrellas de antaño y que ha leído los libros de Capablanca, Botvinnik o Euwe sólo por curiosidad. No es muy halagador para los “grandes predecesores”, pero los programas de ajedrez que se usan en las computadoras han sustituido a los hombres pensantes que “nos abrieron los caminos”. En otras palabras, ya no hay tiempo que perder. 
 
Pero cada jugador, en la actualidad sigue teniendo una colección que por x o y le han servido o que él haya comprado o guardado por razones sentimentales.
 
A este último grupo pertenezco yo. Tengo libros en alemán, holandés, inglés, español y otros idiomas, que me han llenado de bienestar. Pero casi ya no los leo. ¿Qué hago con ellos al momento de decir adiós a la Madre Tierra. Muchos tienen dedicatorios. Mis hijos, no sé si tengo que escribir aquí desgraciadamente no juegan ajedrez, ni tampoco mis nietos, y ellos se dedican a profesiones que les parecían interesantes. Es su sagrado derecho, porque crecí en un país democrático por excelencia. Pero luego tengo casi completa toda la serie de los famosos Informadores. Creo que pronto veremos el último número de dicha colección que en cierto momento fue la Biblia de cualquier ajedrecista que se consideraba como un “jugador serio”. Casi no los abro porque la computadora, y nuevamente la computadora, con una opresión de botón, me da la información que busco.
 
Creo que dejaré todo al club Mercenarios. Hace unos decenios se peleaba por adquirir el nuevo “Informador”. Actualmente, sólo los acaudalados los compran.
 
El legado del Ingeniero Alfonso Ferriz Carrasquedo consta de 8000 ejemplares. Probablemente la UNAM o si no el Politécnico adquirirá la colección. Y luego qué. Se guardarán pero estoy casi seguro de que serán más o menos reliquias o recuerdos de tiempos pasados, sin valor de instrucción en esta época de la hipermodernidad o mejor dicho cibermodernidad.
 
Cuando falleció hace 20 años el maestro Alejandro Baez, se destruyó o se perdió la totalidad de su recuerdos de 3 o 4 decenios de papeletas de campeones mundiales, artículos sobre Carlos Torre, partidas de muchos campeones de la República Mexicana, “un material de valor incalculable”, como decía el director de Promoción Deportiva de aquellos tiempos, Sandalio Sáenz de la Maza, amante de nuestro juego, promotor del ajedrez y quien colaboró en la tarea de lograr que la FIDE, hacia 1980, diera el título póstumo de Gran Maestro, justamente al máximo exponente nacional, Carlos Torre Repetto. Pues de valor incalculable pero todo terminó en un bote de basura. Holanda instituyó la fundación Dr. Max Euwe, y guardó todo lo que se ha publicado desde hace los últimos dos, tres siglos en un Museo. Cuando menos se ha conservado ahí, ahora sí, material de valore incalculable.
 
 
Y en México. Ahí estarán. Espero que se logre el propósito de la Comisión del Estudio del Ajedrez presidida por Ferriz Jr., porque la colección de su padre es grande. Anaqueles llenos de grandes esfuerzos mentales. Y el niño actual los ve con una sonrisa y dirá: “Bueno, para mí lo más valioso es el programa Rybka”. Pero al menos, espero, se guarde.