Rey-629 “Mejorar, mejorar, mejorar”

En la vida, y especialmente en el ajedrez, el hombre existe en base al principio de mejorar es vivir, estancar es retroceder. Como cosa excepcional, presento a continuación mi cuento corto llamado “Mis tenis”, que apareció en el Ajolotl 620, del 8 de enero de 2009. Ahora publicó la nueva versión mejorada, levemente ampliada y más sopeada en el caldo de pollo. Espero que les guste:

 

 
Mis tenis
 
Muy contrariamente al ajedrez, cuando uno es modelo, estrella de cine o director de banco, el código es vestirse bien. ¡Qué soba! Espero que pronto desaparezca la costumbre de vestirse elegantemente. Las primeras que morirán serán las corbatas, porque no sirven para nada. Y luego, ponerse una camisa “de vestir”, - por lo que valga la expresión, como se existiesen camisas de desvestir – es un suplicio, y ni siquiera hablo de colocar las mancuernillas. –Oye, ponte tu blazer. ¡Es lindo! Un saco, de color azul real, con sus botones de oro – y para rematar un par de zapatos negros y lustrosos. Aunque duelan después de caminar diez minutos en ellos, la Obligación, así como mayúscula, es llevar zapatos de última moda, bien pulidos.
 
Lo bueno es que últimamente se observa un aflojamiento en las reglas de convertirse en un “hidalgo”, o sea “hijo de algo”. Sobre todo, los fines de semana no hay cosa más sabrosa que andar en ropa de espantapájaros. Aunque ocupemos el oficio de guarura del presidente o, en otras regiones y otros tiempos, de lacayo del rey, la legislación tácita es ponerse cómodo. ¡Fuera ropa! y ¡que vivan las fachas!
 
Recuerdo a David Letterman, en su programa de televisión norteamericana “The Late Night Show”. Se puso un lujoso traje, una corbata y luego un par de tenis de repartidor de pizzas. 
 
Les cuento de mis tenis.
 
Hace unos años compré unos de tenis “padrísimos”. Fue amor a primera vista, entre mis pies y los tenis. Nunca tuve tiempo de ensartar las agujetas por completo, por flojera o tal vez por comodidad – ¡No, pensándolo bien, fue por flojera!  
 
Los primeros seis ojillos llevaban agujetas en cada tenis, como debía de ser, pero en la parte superior del calzado se encontraban otros seis lacitos que aparentemente tenían la función de servir igual, de ojillos, pero que nunca tuvieron el goce de ser desflorados. Quedaron vírgenes desde su momento de la adquisición hasta el día de ayer, cuando dije a la muchacha que me gustaría que fueran limpios de nuevo, tras tanto pasear por playas e ir por montes y valles. En una palabra, los tenis estaban bien “puercos”. 
 
La porquería llegó a su máxima expresión cuando había pisado un pedazo de excremento de perro callejero. Le prometí a la muchacha una buena propina si los podía dejar como nuevos. –Tú lo sabes hacer. A ver si y me los puedas devolver limpios, blancos y si es posible, un poco perfumados.
 
Todo fue un éxito, con una excepción. Me había devuelto los tenis limpios, blancos y perfumados, - esto sí - pero con las agujetas enrolladas en dos bolitas separadas porque la pobre me confesó que no había logrado ensartarlas.
 
-No importa, dije – yo lo hago.
 
Así que yo, con mis dos manos izquierdas desde mi advenimiento al globo terráqueo - ni siquiera aprendí a clavar bien un clavo para colgar el calendario - me puso a ensartar las agujetas, pero se me escapaban entre los dedos como los muslos de aquella casada infiel.
 
Sufrí, pero después de media hora de probar y re-probar grité “Eureka”. Orgulloso de mi obra maestra, volví a examinar el resultado. De repente mi di cuenta de que no estaba del todo bien. Una agujeta no pasaba por uno de los lacitos.
 
Pasé la mirada sobre cada parte, las suelas y todo; los noté bastante deteriorados por el uso prolongado. Decidí tirarlos en el bote de basura. Ya no servían.