50 Años del Club de Ajedrez Pomona

1959 – 2009
Si aún existiera, el Club de Ajedrez Pomona hubiera cumplido cincuenta años en 2009.

Nuestra memoria es flaca. Lo digo por mí, desde luego. Por fortuna existe lo que llamamos casualidad, coincidencia o buena suerte.
Lo anterior viene a cuento porque, lo digo sin ambages, no recordaba la fecha de fundación del Club de Ajedrez Pomona.
En estos primeros días del Año Nuevo, cuando todo es relax y tienes tiempo de sobra para leer, para mi buena fortuna tomé al azar del estante de mi pequeña biblioteca el libro El Ajedrez en México, escrito por el árbitro internacional de origen cubano Carlos A. Palacio.
Leí al abrirlo, en la página 281, lo siguiente: “1959. Surge en el propio Distrito Federal el “Club Pomona”, que aún sigue desarrollando una fructífera labor como centro de actividades ajedrecísticas. Su primer presidente fue el Sr. Roberto Seda Peña, Secretario: José L. Gutiérrez. Posteriores presidentes han sido: Ricardo Fernández, Martín García, Salvador Díaz, Isidro Ventosa, Alvaro Reyes, Francisco Boves, Carlos Encinas, José Cunillé, José Joaquín Araiza hijo, Willy de Winter, Jaime Murrieta, Clemente Guízar, Guillermo Marván, Alejandro Villalobos, Sergio Camposortega. En 1985 existe una coordinación en la que aparecen Arturo Camarillo, Alfonso Alvarez, Ramón Macín. De 1963 a 1983 –veinte años--, el Club Pomona editó como su órgano oficial la revista “El Caballo Negro”. El primer campeón social fue Mario Velasco.”
Ingresé al Pomona en 1963 a invitación del ingeniero Salvador Díaz Velasco (+ 1999), con quien colaboraba en la Cia. Hulera Euzkadi. En la Euzkadi había un club social para los empleados y ahí se jugaba dominó, pin pon, ajedrez y otros juegos de mesa. La compañía patrocinaba también otro entretenimiento muy concurrido: el boliche. Bueno, pues fue en la Euzkadi donde aprendí a jugar al ajedrez. (Véase mi artículo “Ajedrecistas de la Euzkadi”, publicado en 2002 en este mismo sitio).
En la Euzkadi se me ocurrió publicar una hojita a la que bauticé El Gambito. Redactada en máquina de escribir e impresa con ayuda del famoso stencil que se usaba en aquellos años, la hojita contenía noticias del mundo del ajedrez y sabrosos comentarios sobre las partidas que jugábamos la semana anterior en los distintos torneos que se organizaban en la empresa. Fue tal la aceptación del Gambito por parte de los compañeros de trabajo, que lo publiqué semanalmente hasta que abandoné la empresa en 1963.
En 1963 el Club Pomona ocupaba un espacio en las calles de Tabasco, en la colonia Roma. No recuerdo con exactitud, pero eran oficinas que de alguna forma se relacionaban con el gobierno de España, y uno de los socios, de alguna forma también, había conseguido el permiso para jugar ajedrez ahí un día a la semana.
El Club Pomona fue bautizado con ese nombre porque nació en la calle de Pomona, en la colonia Roma. Cuando el licenciado Alfonso Carreño dirigía la revista Jaque, allá por mil novecientos sesenta y tantos, escribí un artículo que empezaba más o menos así: Seis sombras siniestras se deslizaban una fría noche de diciembre de 1959 por la calle de Pomona. Su objetivo: fundar un club de ajedrez. Etc.
Entre los socios de antaño, recuerdo a Julio Weltman y su apertura la “Juliana” (1. e4 – g4!), al siempre atildado Roberto Erdos, Alvaro Reyes, Francisco Boves, José Luis Gutiérrez, Mario Velasco, Salvador Díaz.
José Luis Gutiérrez era el secretario del club y al fallecer alguien me propuso para ocupar el puesto. Acepté gustoso. Desempeñé el cargo desde entonces y hasta 1978 cuando por motivos personales salí del Pomona, y me retiré 18 años del ajedrez.
No sé cuántos años duramos en Tabasco. Pero a partir de ahí el Pomona se volvió un club itinerante. Es decir, estábamos unos años aquí, otros allá y algunos acullá. Pero todos sus integrantes acudíamos a donde quiera que fuese siempre con la misma afición -- y diría pasión-- por nuestro amado juego.
Creo que recorrimos los cuatro puntos cardinales de esta gran ciudad de México. Estuvimos un tiempo en la calle de Amores (colonia Del Valle), por la colonia Anáhuac, en Balderas (Centro Histórico), en Carmona y Valle (colonia de los Doctores) y finalmente en José María Vigil (colonia Tacubaya).
Cuando jugábamos en Carmona y Valle me sucedió lo siguiente: dejé mi viejo Renault al viene-viene para que lo estacionara en cuanto hubiera espacio en la calle, y le dije que luego bajaba por las llaves del auto. Sin embargo, la partida me absorbió de tal manera que olvidé ir por ellas. A eso de las doce de la noche bajé por el auto, pero ¿cuál auto? En toda la cuadra no había ni coche ni viene-viene. “¡Ya lo robaron”, pensé. Busqué el Renault por las calles aledañas, ¡y nada! Así que triste y de mal humor abordé un taxi rumbo a Naucalpan. A la mañana siguiente, a eso de las once, regresé a Carmona y Valle a buscar al viene-viene que con su franela ya limpiaba los carros. Al verme, dándome coba, me espetó: “¡Licenciado, como usted no llegaba y se me hacía tarde, metí su coche al estacionamiento!” Me entregó el boleto, le di su propina y fui a rescatar mi auto. ¡Cosas del ajedrez!
De nuestra estancia en Balderas 96, despacho 501, recuerdo que el local lo rentaba el sindicato de trabajadores del periódico “Novedades”. En ese periódico, que ya no existe, había un club de ajedrez y al unirse algunos de sus miembros al Pomona, éste incrementó su membresía. Ahora mismo veo dos fotografías: una, tomada durante una reunión de fin de año, en la cual aparecen Aurelio Ramos, Ricardo Fernández, Francisco Benet, Jorge Olmedo, Salvador Murillo, Eduardo Amezcua, Héctor Peña y Gilberto Hernández (homónimo del campeón), entre otros. En la otra fotografía aparece el licenciado Carlos Encinas Ferrer --quien fuera delegado de la Federación de Ajedrez ante la FIDE-- entregando los trofeos correspondientes.
En José María Vigil nos recibió un aficionado al ajedrez y dueño del inmueble, quien nos otorgó todas las facilidades para disfrutar y difundir nuestro noble juego. Creo que fue la época de mayor esplendor --si me permiten el término-- del Pomona.
El entusiasmo de los socios por jugar al ajedrez era enorme. Entre los más entusiastas de esta época recuerdo a don Miguel Ríos, porque a pesar de ser un ajedrecista mediano siempre acudía puntual y sonriente a las sesiones de los viernes. Don Miguel Ríos –a quien sus amigos le decían “Magueyitos”, no sé por qué-- era joyero de profesión y tenía su propia joyería en la calle de Atenas, a una cuadra del reloj chino de Bucareli. De vez en vez pasaba a saludarlo. Cuando llegaba al Pomona, el señor Ríos saludaba a todos y hacía fina gala de su buen humor contando mil anécdotas que le habían sucedido en sus andanzas por el mundo, por que han de saber ustedes que  Ríos le hacía honor a su apellido: corría como un incansable viajero. Una vez me platicó que cuando se dirigía a Acapulco en su bello y potente Mustang, acabado de salir de la agencia, vio venir un modesto Volkswagen que rebasó a su Mustang  en un santiamén. “Esto no se queda así”, pensó el señor Ríos, y metió el acelerador a fondo. Todo en vano. El vochito devoraba las curvas de subida y en las rectas era un galgo corredor. El Mustang parecía un viejo, torpe y cansado caballo de labranza. La derrota de su Mustang le dolió al señor Ríos mucho más que perder en el ajedrez. Miguel Ríos me invitó a los Estados Unidos a un torneo en el cual participaba Bobby Fischer. Agradecí la invitación y pensé “¡otra de sus bromas!”. A las pocas semanas recibí una tarjeta postal con la leyenda: “¡Greetings from USA. Bobby Fischer!”. El amigo Ríos murió en un accidente automovilístico.
Recuerdo que hasta José María Vigil se desplazó desde San Luis Río Colorado el profesor Joaquín Durazo, director de la revista “Ajedrez en San Luis”, para conocer el club y su pléyade de ajedrecistas. Un caluroso aplauso recibió y despidió al que en su tiempo fue el máximo difusor del ajedrez nacional.
Recuerdo al doctor Zúñiga con sus inseparables dulces. Jugábamos al ajedrez en su casa de la colonia Escandón. A Francisco Samaniego, dibujante, diseñó el logotipo del Pomona. Al doctor Alvaro Reyes, quien de tanto y tanto jugar al ajedrez en la madrugada, a eso de las dos de la mañana exclamó: “¡Ya nos creció la barba!”. Jochez escribía los epigramas para “El Caballo Negro”; aunque no recuerdo su nombre, recuerdo su figura desgarbada, con poco pelo y su eterno cigarrillo en los labios. Con su afilada pluma escribió en el “Caballo Negro” número 401 del 16 de abril de 1971, según me recuerda el tocayo Carlos Encinas, lo siguiente:
 
NO HAY QUE PONERSE CENIZO
Si el ingeniero Acevedo
va a competir en el Suizo
no hay que ponerse cenizo
mostrándole nuestro miedo;
hay que luchar con denuedo
y sin pretexto ni excusa
ganarle esta escaramuza;
pues si no es así, él acciona
y con los del Club Pomona
terminará haciendo chuza.
 
Jorge Olmedo, periodista y callado colaborador del “Caballo Negro”. Martín García, contador y funcionario del Banco de Londres y México. Antonio Estrada. Sergio Camposortega, muerto trágicamente. José Joaquín Araiza hijo. Al doctor Evodio Sánchez, dueño de un edificio aquí por Tacuba. Al joven abogado Alex Olhovich. Al recién desaparecido ingeniero Alfonso Ferriz Carrasquedo. ¡Y tantos nombres más!
En José María Vigil, el Pomona ya estaba consolidado. Teníamos una mesa directiva con presidente, secretario y tesorero. Y un grupo de asesores conformado por los socios de mayor antigüedad.
Las elecciones para elegir al presidente del club eran totalmente democráticas. Sin embargo, el secretario y el tesorero fueron elegidos ad perpetuam. Recuerdo el nombre del tesorero: Serafín Guadarrama, quien durante todos los años que fungió como tal realizó un trabajo perfecto. Siempre tan amable, tan sonriente al momento de cobrarnos la mensualidad que con gusto pagábamos, tan responsable y con toda la contabilidad en orden y al día. Chefín, como le decíamos, era funcionario del entonces Banco de Londres y México, con sede en la calle de 16 de Septiembre y Bolívar. Como yo trabajaba en Bancomer, entonces en Bolívar y Venustiano Carranza, Chefín y yo éramos vecinos y nos comunicábamos fácilmente cuando teníamos algo qué resolver respecto del club.
Como secretario del Pomona propuse que para los fines de año en el club hubiera algo más que ajedrez. Decidimos que en la última sesión, además de entregar los trofeos de todos los torneos efectuados en el año, nos diéramos un espacio para charlar y disfrutar un momento de sana alegría.
Recuerdo las reuniones de fin de año en casa del doctor Alfredo Lejarza. Creo que el amigo Lejarza festejaba a su esposa en diciembre, y amablemente recibía también a los socios del Pomona --¡con todo y familia!-- en la enorme casa que tenía al sur del DF, donde armábamos enorme bulla y disfrutábamos las riquísimas viandas preparadas con tanto esmero para la ocasión. Mientras los mayores brindábamos con tequila y demás, las señoras formaban sus propios grupos y la chiquillada, después de admirar las especies de animales que había en aquél caserón que tenía (creo recordar) su propio parque zoológico, corría al llamado de “¡las piñatas, ya vamos a quebrar las piñatas!”, para hacer fila, vendarse los ojos y tratar de romper el montón de piñatas disponibles para la ocasión. Luego, la marimba amenizaba el baile y entre los primeros en saltar a la pista recuerdo al arquitecto José Cunillé. Chava Díaz se lucía bailando la calle doce. Y ya que menciono al ingeniero Díaz, tengo muy presente que Willy de Winter, quien era el maestro de ceremonias y animaba el cotarro, designó alguna vez al ingeniero Díaz como “el mejor vestido de la fiesta.
Disculpen ustedes si omito los nombres de tantos y tantos ajedrecistas que conocí en el Pomona, a lo largo de 15 años de jugar ahí. Creo haberme quedado corto en estas reminiscencias. Para reparar el error, convoco al maestro internacional Willy de Winter y al licenciado Carlos Encinas Ferrer, pilares del Pomona, a que participen de esta celebración con sus muchos recuerdos, y extiendo la invitación a todos aquellos que alguna vez cruzaron jaques y gambitos en el Pomona, para que asimismo se unan a nosotros y envíen sus colaboraciones directamente a AJEDREZ EN MEXICO.
Termino con un brindis: ¡Salud por el Pomona, que más que un club de ajedrez fue una hermandad de ajedrecistas y que, si aún existiera, hubiera cumplido cincuenta años de vida en el 2009! 
Carlos Vázquez Escobar
Naucalpan de Juárez, Edo. Mex.
Martes 16 de febrero de 2010.