Otros tiempos

"¡Chicooooooooooos...!

Vuestras disputas me llevan a recordar los años de mi infancia, cuando yo vivía en "las casitas baratas" del barrio Segurola, no muy lejos del lugar donde hoy ustedes compiten en el ajedrez ping-pong de los martes.

El pasaje era el patio de recreo de los chicos de la cuadra donde se jugaba a la pelota (la famosa "pulpo" de 20 centavos), a “las bolitas” cuando aún quedaba algo de tierra en las veredas y a otros juegos propios de los varones, mientras las chicas saltaban a la soga o se divertían con la rayuela y otros esparcimientos del llamado (no sé por qué) sexo débil. 

 

Los chicos tenían mil excusas para pelearse, que era una manera de hacerse hombres  ejercitando los músculos y la palabra para enfrentar las disputas.  Bastaba que un pibe lanzara la bolita con demasiada "lanzeta", que no se ajustara al "hoyo ante quema" o que cometiera un foul más fuerte que lo tolerable, para que pronto se armara un entrevero de trompadas y gritos que alarmaban al vecindario, hasta que sonaba la voz de la mamá con un salvador


- ¡¡¡Juancito, la leeeeche!!!...


En el pasaje circulaban sólo los carros de los vendedores de frutas y verduras por las mañanas y el carrito del lechero, los más populares que guarda mi memoria. No obstante, jugar a la pelota  tenía sus riesgos. Nadie podía asegurar que el partido no fuera interrumpido por la presencia del vigilante, a pie o en los clásicos autitos al estilo Eliot Ness.  Entonces el “fobal” se transformaba en una carrera pedestre sin precedentes donde hasta el más chiquito se salvaba de caer preso, porque siempre había una casa donde esconderse.  Pero, claro, en esos tiempos no existía el gatillo fácil y nadie hablaba de torturas, ni de chicos delincuentes...

A pocas cuadras de casa se encontraba la vieja cancha de “All Boys” y más allá la de "Sportivo Buenos Aires". Cada tanto, los chicos del barrio solíamos ir a “Albois” para ver un partido confiando que algún mayor nos permitiera entrar gratis a la cancha ante el clásico - "¿diga, me lleva?...


Todavía recuerdo el olor del árnica que venía de los vestuarios ubicados bajo las tribunas de madera. Y la vuelta a casa pasaba por un partidito más en el pasaje, jugado con  la increíble destreza que nos había contagiado el reciente espectáculo.

Como un juego más de los muchos que practicamos en los años de nuestra infancia, un día apareció el ajedrez en el pasaje. Eran los tiempos del Torneo de las Naciones, de cuyas noticias, muy ligadas a la segunda guerra mundial, nadie podía substraerse.

Con menos de dos pesos podíamos comprar un modesto juego de madera y el umbral de nuestras casas era el club donde competían los más hábiles, como antes lo habían hecho con la pelota o la bolita. Pero con una diferencia, pues este juego requería un conocimiento que sólo estaba a disposición de quienes leían los libros de Sopena o las notas de ajedrez de los diarios. Claro que el ajedrez no evitaba las peleas ahora originadas por la lentitud con que jugaban algunos o por la regla de la pieza tocada - pieza movida.

Los padres vieron una ventaja en el ajedrez, porque sus hijos ya no volvían a casa con sus ropas destrozadas o las narices y rodillas sangrantes a causa de la pelota. Tampoco molestaban al vecindario con sus gritos, pues el ajedrez era silencioso.

Esta semblanza de mi niñez espero que los haga reflexionar. ¡Dejen de pelear y compórtense como personas adultas!... Sí, como personas grandes, incapaces de mal gobernar un país o provocar una guerra como la que costó la vida de 60 millones de personas, grandes y chicas, hace exactamente siete décadas atrás.

Roberto Pagura

Club San Martí

España
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Jueves 4 de Marzo de 2010
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