Mi gato “Alfonsín”

Por Arq.Roberto Pagura
A fines de 1983, pocos días antes de las elecciones que consagrarían al Dr. Raúl Alfonsín como Presidente de la República, nacía el gato que, por razones obvias, bautizamos con el nombre de “Alfonsín”, como lo llamarían en la veterinaria cada vez que tuvo que ser atendido por su salud. En realidad pensábamos llamarle “Alfonsina”, pero a último momento nos enteramos que pertenecía al feo sexo. ¡Tan difícil resulta distinguirlo en los cachorros!...

Alfonsín era un animalito singular que, como nos lo dijo un veterinario, poseía algunas cualidades que se dan muy poco en estos felinos. Entre ellas las de utilizar el bidé como su baño personal y el jugar de arquero con una pelota de papel (preferiblemente de envolturas de alfajores) que yo le tiraba y él contenía con sus manos y llevaba en su boca para devolvérmela en mi mano y así continuar el juego, en el que yo actuaba como el “shoteador” de penales.
Esta habilidad hubiera bastado para considerarlo un gato excepcional, aunque su comportamiento en todo lo demás era el de un animalito normal, pues le gustaba jugar con algunos objetos del hogar, nos acariciaba las piernas cuando tenía hambre y miraba televisión, pero al poco rato se quedaba dormido plácidamente a los pies de nuestra cama y cuando necesitaba usar el baño y encontraba la puerta cerrada, se sentaba frente a ella esperando pacientemente que se abriera para poder entrar y hacer sus necesidades.
Pero no hubiera escrito estas líneas sólo para contarles que tuve un gato negro muy habilidoso, si no fuera que Alfonsín jugaba al ajedrez. ¡¡¡Sí, como ustedes han leído, Alfonsín sabía jugar al ajedrez!!!
Estoy seguro que la primera impresión de los lectores será que estoy escribiendo un cuento y no relatándoles un hecho de la vida real.
Claro que Alfonsín no era tan hábil como para mover las piezas, para cantarnos un jaque o para anotar las partidas como nosotros. Pero él se ingeniaba para hacerme saber qué pieza quería mover y en qué casilla colocarla.
Pero no todos los días tenía ganas de jugar y si lo obligábamos sin estar él con ganas, hacía las primeras jugadas, pero después se ponía a caminar sobre el tablero como lo haría un gato cualquiera, volteando piezas cuando y cómo se le ocurriera. Alfonsín tenía que estar descansado, bien comido y sin sueño para poder jugar una partida con él, cosa que no se daba a cualquier hora y día de la semana.
Por eso nunca pude hacerlo competir en torneos y demostrar sus habilidades. Las pocas veces que lo intenté, el comportamiento de Alfonsín fue el de un gato normal que, por supuesto, no sabe ni puede jugar ajedrez, lo que me causó nada más que las chanzas de los amigos, tan incrédulos como supongo serán los lectores de esta página.
Las mismas personas que creen en “milagros” y prefieren atribuir a fuerzas ocultas o a los santos la curación de una enfermedad, la salvación de una vida, el que una persona las ame o el sacarse un premio en la lotería; esas mismas personas ¡no pueden admitir que un gato negro, blanco o de cualquier color, juegue al ajedrez!.
Yo no dije que jugaba bien, tampoco que jugara mal. Alfonsín jugaba y téngase en cuenta que lo hacía por instinto y no por convicción ni diversión.
Como un ejemplo elocuente de lo que sabía hacer Alfonsín, les muestro una partida que jugó en casa frente a un amigo mío, cuyo nombre no menciono por razones obvias.
 
Alfonsín – XX [E10]
 
Alvarez Jonte 3705-14ºF Bs.As., 1988
 
1.d4 Cf6 2.Cf3 g6 3.c4 c5 4.e3 e6 5.Cc3 b6 6.Ad3 Ab7 7.0-0 Ag7 8.Cd2 0-0 9.b3 cxd4 10.exd4 d5 11.Aa3 Te8 12.cxd5 Cxd5 13.Cxd5 Axd5 14.Ab5 Axg2 15.Axe8 Dg5 16.h4 Dd5 17.Te1 Axd4 18.Tc1 Ah1 19.Ce4 Axe4 20.Tc8 Rg7 21.Af8+ Rf6 22.Tc7 Cd7 23.Txd7 Axf2+ 24.Rxf2 Df5+ 25.Rg1 1-0
 
¿Por qué no creer en esta muestra de inteligencia de mi gato Alfonsín y sí en las extraordinarias dotes que les permiten a las arañas construir sus telas, a las abejas sus panales y a los pájaros sus maravillosos nidos?
Estos animalitos no son sólo inteligentes e industriosos, sino también “buenas personas”, capaces de hacer su propia vivienda e incapaces de destruir las de sus congéneres, todo lo contrario de lo que el hombre común hace en las guerras.

Cortesía de:

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Un abrazo
Arq.Roberto Pagura
 
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