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(Un relato medio en serio y medio en broma).
Cumplí 85 años en febrero y me di cuenta que ya estoy viejo: entré a la regadera en calzoncillos y con las babuchas puestas. Y lo peor es que no me fijé sino hasta que traté de enjabonarme las nalgas y cepillarme los dedos de los pies. Estuve a punto de exclamar: “¡azotó la res!”, cuando quise quitarme los calzones y zafarme las pantuflas. Reboté como pelota de frontón por las paredes y celosías de la puerta del baño.
Principio de año. Estoy rodeado de muertos: Al iniciar el año murió don Salvador, el señor de la tienda. También falleció su vecino, un señor gordo y joven. Deja una viuda joven y una hija más joven aún. Murió asimismo Homero, esposo de Tere, mamá del Beethoven. (Le puse Beethoven a este niño porque me enojaba que iniciara sus lecciones de piano a la hora en que yo dormía profundamente después de una agotadora jornada nocturna en el periódico). También murió doña Rafaelita, la señora que vendía pan por las calles. Gritaba: “¡El paaannn! Compre usted su pan recién salido de los hornos de doña Aurelia Pensamiento!” Estoy rodeado de muertos.
Una semana antes, al bajar las escaleras me caí al llegar al último peldaño, el número ocho, para ser preciso. Tiene la escalera 15 peldaños y cuando bajo --y sólo cuando bajo-- los cuento: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete, y llego al primer rellano. Y ahí reanudo la cuenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete ¡y cataplum! Sólo fue el golpe. Pero quedé medio zonzo. Gracias a que tomo Danone mis huesos están fuertes y sanos. (¡De nada, jóvenes franceses!).
Quince días antes. Llaman a la puerta. Me asomo por la ventana. ¿Quién? ¡El agua Bonafont! Bajo volando (¡). Compro el garrafón. Sirvo agua en una jarra. Me entretengo haciendo algo en la cocina. Subo para continuar trabajando en la compu. ¡Chispas, olvidé la jarra de agua! Llaman de nuevo a la puerta. Bajo volando (!!). Es el cartero. Lo saludo acremente porque sólo me entrega deudas y más deudas. Vuelvo a la compu. ¡No puede ser: olvidé la jarra de agua!
21 días antes. Cierro la puerta de la casa. Me dirijo al club a jugar ajedrez, como lo hago cada martes y jueves. Me retiro del club a eso de las diez p.m. Al llegar a casa: ¡pues cuáles llaves! Duermo en el hotel más cercano, que para acabarla de amolar resulta ser un motel disfrazado de hotel. Así que toda la noche me la paso oyendo ruidos extraños.
28 días antes. Llega mi nieto. Se llama Mauricio. Tiene siete años y no le gusta el ajedrez, pero sí el helado de chocolate. Se dirige al refri. ¿Y el helado de chocolate, abuelo? ¡Cáspita! Olvidé comprar el helado de chocolate.
Dos meses antes. Escucho por la radio la siguiente historia: tiempo pasado: el hombre llega a casa después de un día agotador. Tiene hambre y enfado de tanto manejar. La mujer se queja: “¡Fíjate, vidita, que le quitaron la placa a la camioneta. Y no dejaron ningún comprobante!”. El esposo la ignora. Tiempo presente: el hermano llega a casa de su hermana y se dirige al cuñado: “¡Jorgito, eres un sinvergüenzón! Vi tu camioneta en el motel “Las Delicias del Placer”. Toma tu placa, hermano”. Tiempo futuro: un matrimonio disuelto.
Tres meses antes. Escucho chistes, bromas y adivinanzas para niños: ¿Cuál es la herramienta que no ve? ¡La segueta! ¿Cuál es la ciudad con más antenas? ¡Antenas, Grecia! ¿Qué le dijo Lassie a Rin Tin Tin? ¡Nos vemos en el festival de canes! Dos hermanos: uno se llama Tonto y el otro Nadie. Nadie, se enferma. Tonto llama al doctor: “Doctor, hay enfermo en casa, ¿puede venir? El doctor: “¿Cómo se llama el enfermo?”. --“¡Nadie, doctor!”--. El doctor: “¿Es usted tonto o qué? –Para servirle, doctor--. ¿Por qué no hay árboles en Galicia? ¡Porque los gallegos han arrancado los árboles buscando la raíz cuadrada! Un hombrecillo verde se acerca a Luci y le dice: Vengo de Marte. Y contesta Luci: de marte de quién.
Seis meses antes. Veo la tele. Uno de los canales culturales exhibe un documental sobre Garry Kasparov. Es cuando jugó y perdió contra la computadora Deep Blue, en 1997. Pero es todo lo que recuerdo.
Doce meses antes. ¿Qué sucedió entonces? No recuerdo, no recuerdo. Me parezco a aquellas dos ancianitas que se conocen desde niñas. Una dice: Te puedo hacer una pregunta. Claro, responde la interrogada. ¿Cuál es tu nombre? La mujer se queda pensando y después de un rato, dice: ¿Te urge para hoy?
Así estamos y somos los viejos. Ya no oímos y no entendemos. ¿O no entendemos porque no oímos?
Citas citables: A los viejos les gusta dar buenos consejos, para consolarse de no poder dar malos ejemplos, dijo Francois de la Rochefoucauld. Otra muy buena es de Oscar Wilde: Los jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran.
Sin embargo, el ajedrecista viejo sigue jugando al ajedrez. Pierde con los jóvenes, pero ¿por qué pierde con los jóvenes si tiene más experiencia y sabe más que ellos? Lo que sucede es que el viejo se distrae, se le escapan las parcelas del tablero y cae en errores. El viejo tiene 85 años y ha perdido la confianza en sí mismo. Punto.
Carlos Vázquez Escobar
Naucalpan de Juárez, Edo. Mex.
Martes 16 de marzo de 2010.