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Decíamos que, “los ajedrecistas juegan torneos, luchan por la victoria, por el resultado. Entonces el ajedrez es deporte, que forja voluntad y permite auto afirmarse”, dicen unos.
Otros se admiran de las bellezas y combinaciones y de la lógica de las ideas ajedrecísticas.
El sacrificio elegante de la dama, incluso en partida perdida, les reporta placer, mientras que la victoria aburrida los deja indiferentes.
Para ellos el ajedrez es arte que dona alegría y hace ameno el descanso.
Al mismo tiempo, hay muchos aficionados al ajedrez que se pueden pasar tardes enteras buscando respuestas a preguntas como, “¿por qué las aquí negras movieron la torre a d8 y no el caballo a c6?, ¿por qué las negras están en mejor cierta posición?” para ellos, el ajedrez es fundamentalmente ciencia, una ciencia de pensamiento lógico.
Por su carácter multifacético amo todavía más el ajedrez. Precisamente con la belleza, con el brillo de sus golpes tácticos, el ajedrez me fascinó de la temprana edad.
Al principio admiración a la belleza, después búsqueda de ella en mis ideas, luego en aspiración a jugar partidas bellas; tales son las etapas de mi formación cautivando por el arte jugar partidas bellas, pero no me es indiferente qué puesto ocuparé en la tabla.
Quiero vencer, derrotar a todos, pero estoy obligado a hacerlo con esplendor y en lucha deportiva honesta. El ex campeón mundial Mijail Botvinik a quien considero mi maestro, fue un verdadero académico del tablero; gracias a sus obras empezó hablarse del aspecto científico del ajedrez.
Fue el que me infundió el amor por el estudio del juego-ciencia y por la solución de innumerables problemas. En mi preparación para las competencias, durante el análisis de mis juegos e inicios, un día me sorprendí a mí mismo tratando de estudiarlos cuidadosa y metódicamente, con la persistencia típica de un investigador.
Ahora estoy convencido de que mi interés por los aspectos del ajedrez contribuirá a preservar mi amor por él durante el resto de mi vida.
Mis padres me enseñaron movimientos de las piezas cuando tenía apenas cinco años y según recuerdo esa enseñanza me fascinó.
Un año más tarde me inscribieron en el club de jóvenes pioneros de Bakú, donde me sentí como un reino de jugadores de ajedrez.
Nuestro instructor, en su afán por convencer a los novicios acerca del carácter paradójico del juego-ciencia, en una de las primeras sesiones colocó las piezas en el tablero en una posición, en la que los pequeños peones resultan vencedores sobre el enemigo, era tan sorprendente que parecía un cuento de hadas y me hizo tomar la trascendente resolución de considerar el ajedrez como parte indispensable de mi vida.
Desde entonces mi admiración por este arreglo que no ha variado ni un ápice.
Desde niño me gustó atacar. Aún me agrada jugar a la ofensiva pero me ha llevado mucho tiempo estudiar los principios básicos, que parecen no tener ningún efecto sobre el juego en sí.
Estoy convencido de que ese estudio resulta necesario tanto para el gran maestro como para el aficionado que deseen mejorar su juego y disfrutar más plenamente los torneos.
Para lograr ese alto nivel de juego, el gran maestro ha debido pasar miles de horas estudiando cientos de juegos.
Su talento no podría haberse desarrollado sin esa cantidad de horas de trabajo.
Si a usted le gusta el ajedrez pero carece del tiempo necesario para su estudio teórico y desea vencer a sus amigos, tendrá que pasar gran cantidad de horas frente al tablero.
En esta serie de artículos intento explicar mi visión de los principios del ajedrez en un lenguaje claro para todos y hablar sobre algunas sutilezas necesarias para los verdaderos entusiastas del juego. Así concluye el gran maestro Gari Kasparov.
Hasta la próxima amables lectores
ARMANDO ALONSO
9 Marzo 2010
AM
León, Gto.
http://www.am.com.mx/
Martes 9 de Marzo de 2010
http://www.am.com.mx/Columna.aspx?ID=6229