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Tenía fama el ruso Mazaltov de ser el más guapo, el más aplicado y el más inteligente de nuestra generación de preparatorianos.
Suspiraban las chicas del pueblo por el uno noventa y pico de altura del ruso, por su bien formado y atlético cuerpo, por su don de gentes y cortesía, y sus cachetes rojos como las manzanas de California.
Sus padres de origen judío habían emigrado en busca de nuevos horizontes y se establecieron en este lejano rincón del Sureste mexicano, donde abrieron una tienda de ropa que gracias al trabajo de don Jacobo y la inteligencia de su esposa, la hicieron una de las favoritas de la población.
El ruso, hijo único, era el orgullo de sus padres. Educado, refinado y dispuesto siempre a prestar ayuda a quien se lo pidiese, así era el ruso.
En una ocasión hubo un incendio en el palacio municipal y el ruso, que se encontraba en la biblioteca aledaña al palacio, salvó a una mujer y su hijo. Fue condecorado por el alcalde del pueblo.
El ruso tenía un cerebro privilegiado. Aprendió a jugar al ajedrez en su país natal, donde tuvo como mentores a los mejores maestros de ajedrez. Vale decir que en nuestro pequeño círculo de ajedrecistas era invencible.
A pesar de que las mujeres asediaban al ruso, nunca le conocimos una novia y llegamos a pensar (¡Dios nos perdone!) que era mampo.
Desde que lo conocí el ruso quiso ser doctor. En los laboratorios de biología se daba vuelo destazando ratones y cuanto bicho encontraba. Cuando íbamos al río a bañarnos, el ruso, en vez de tirarse clavados desde nuestra roca preferida, pescaba culebras, lagartijas, sapos y ranas por igual. Lo curioso es que nunca se encueraba.
A propósito de ello, a orillas del río vivía una señora que decían que estaba loca y desnuda lavaba su ropa. Cuando veía pasar a lo lejos a los rancheros del lugar a caballo, les gritaba: “¡Señores, no voltieeen!”
Los maestros de la preparatoria auguraban al ruso un futuro promisorio. El muchacho destacaba en lo que hacía. Cuando recitaba, las mujeres lloraban; cuando cantaba, las chicas gritaban. Cuando tocaba la guitarra, el piano, el violín y el bajo, bueno, ¡para qué les cuento: era todo un fenómeno!
“¿Cómo va mi hijo en la escuela, Carlitos?” Me preguntaba don Jacobo, al verme. “¡Excelente, don Jacobo! Tiene usted un hijo excepcional”.
Yo visitaba la tienda de don Jacobo a consultar al ruso por tareas de la escuela, y de paso vacilaba con una de las empleadas, desde luego sin que me vieran ni el ruso ni su señor padre.
Cuando había fiesta en casa de un amigo, era notoria la ausencia del ruso. Pero ya sabíamos dónde estaba: jugando al ajedrez en contra de cinco o diez muchachos de alguna otra escuela. El ruso no sabía bailar ni amaba las fiestas. Sólo le interesaba el ajedrez y nada más que el ajedrez. Y en esta materia ¡nadie del pueblo lo superó!
El ruso y mi primo Mario eran grandes amigos. Los dos tenían padres riquillos y se juntaban con los muchachos y chicas de la alta sociedad del pueblo, pero no eran apretados.
Llegó finalmente el día de la graduación de la Prepa. ¿Qué piensas estudiar?, le pregunté a Raúl Flores. “Ingeniería”, contestó. Mi primo Mario dijo que arquitectura. ¿Y el ruso? ¡Medicina! Faltaba más.
¡Todos a México, a estudiar! Los estudiantes pobres viajamos en ferrocarril. Chucu, chucu, chucu, soplaba y resoplaba la vieja locomotora del ferrocarril en su viaje de tres días a la capital. El ruso y mi primo Mario viajaron en avión. ¡Por supuesto!
El ruso se matriculó en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional de México. Raúl, Mario y yo en el Instituto Politécnico Nacional.
La vida nos llevó por distintos senderos y perdimos contacto unos de otros. Pero supe de buena fuente que México la capital fue la desgracia del ruso.
En el primer año de Medicina el ruso destripó todas las materias. Regresó sin embargo de vacaciones al pueblo diciendo a sus padres que todo iba bien, pero era necesario que le aumentaran la mensualidad.
¡Claro que necesitaba más dinero para gozar de sus noches de ronda y para apostar al ajedrez!
De aquél estudiante modelo, orgullo de sus padres y de nuestro pueblo; de aquél muchacho noble y sano que nunca había acariciado la piel de mujer, en un año nada quedó.
Dicen que lo vieron despachando telas y cargando bultos de manta en la tienda de su papá.
Carlos Vázquez Escobar
Naucalpan de Juárez, Edomex.
Viernes 16 de abril de 2010.