Un hombre bueno

por José Manuel Campillo Ortega
Voy a contar una historia. Podríamos decir que es la historia de un amigo.

Cuando era un niño tuvo que ser ingresado en un hospital por un problema respiratorio. Allí estuvo un mes, y ese tiempo y ese lugar es en el que se desarrolla esta breve historia.

Cuando uno es niño todo es nuevo y, por lo general, ilusionante. El hospital no aparecía ante sus ojos como ese lugar al que es mejor no visitar, en el que la enfermedad y la salud dirimen, casi siempre, una cruenta batalla. Se mostraba como un espacio en el que él sufría físicamente, pero también en el que era mimado y querido: le hacían muchos regalos. Tebeos, revistas y libros aparecían de la mano de personas conocidas con la intención de hacerle más llevaderos aquellos días. Personas a las que agradecía su visita y su detalle. Aquellos libros, revistas o tebeos, desempeñaron un papel importante en su vida; importante, pero puntual. Todos los regalos tuvieron ese efecto, excepto uno. Y lo más curioso y
sorprendente es que éste uno vino de un desconocido: un enfermero, cuya carta de presentación estaba firmada por la bondad y la generosidad. Él es el protagonista de esta historia.

Algunas tardes se asomaba por la habitación de mi amigo con el propósito de hacerle pasar un rato agradable. El tiempo pasado juntos dio lugar a las primeras confidencias. Mi amigo le relató un acontecimiento que le había ocurrido unos meses antes. Una partida de ajedrez en el campeonato del colegio, en la que muchos de sus compañeros apostaron por su victoria, aunque él no sabía muy bien por qué, tuvo como desenlace final la desilusión: mi amigo perdió. El rival dio cuenta de él en cuatro jugadas. Saben a qué bucólico ataque me refiero, ¿verdad? Sí, al Jaque Pastor.

Aquella sensación de impotencia, unida a la pequeña humillación, dejó una inquieta y desconcertante desazón en su juvenil ánimo. El ajedrez,
quizá, había entrado en su vida.

El enfermero, mi amigo muy a su pesar no recuerda su nombre, escuchó atentamente, como siempre hacía, la historia que le estaba relatando desde la cama el joven enfermo. Después de esto se despidió, quedando citados para el día siguiente. El enfermero se había tomado las visitas como algo obligado: su amor por los demás y su bondad así se lo exigían; por otra parte, mi amigo anhelaba ese mágico momento de la tarde en el que departir con su nuevo y admirado compañero. De pequeño uno siempre quiere tener amigos mayores.

Al día siguiente llegó con un libro de ajedrez que, por supuesto, mi amigo aún conserva. El libro se titulaba Alekhine, hablaba sobre su vida y sus mejores partidas, y lo había escrito A.Kótov.

A la semana, aproximadamente, a mi amigo le dieron el alta y se fue a casa. Todo ocurrió con tal celeridad que no pudo despedirse del enfermero.

Mi amigo devoró el libro, se hizo un gran admirador de Alekhine, y comenzó una relación con el ajedrez que aún perdura. El libro se convirtió en su inseparable compañero. Después vinieron muchos otros, pero eso es otra historia. Mi amigo llegó a jugar el campeonato de España cadete por equipos, siendo el primer tablero. Después su falta de talento y esa época difícil llamada adolescencia le impidieron progresar; pero como he dicho antes, ésta es otra historia. Han pasado muchos años de aquello y mi amigo aún cree que es uno de los hechos más decisivos de su vida.

Decía Marcel Prevost: “el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma”, y así también lo cree él.

Aquel libro cambió su vida. Nunca llegó a ser un buen jugador de ajedrez, pero sí llegó al ajedrez. Ha llorado, ha reído, ha luchado, ha vencido, ha perdido, ha vivido, se ha emocionado, y todo eso gracias a este enigmático y subyugante juego. Ahora apenas juega, pero sabe que el ajedrez lo está esperando, con sus infinitos recovecos, para cuando él quiera volver. En esos momentos de inapetencia vital, de cierta apatía, de falta de ilusión, saber que algún día volverá a jugar, a luchar, a disfrutar de esa suerte de boxeo mental, a estudiar aperturas, a ver partidas, a analizar
finales, le transmiten una enorme confianza en la dicha venidera, en la que el futuro se presenta con una inabarcable sonrisa.

El ajedrez siempre ha sido su asidero firme, ése al que uno vuelve cuando ya nada es seguro. Nunca le ha fallado. El ajedrez, como la vida misma, es emoción; y cuando mi amigo no la ha encontrado en la propia vida, sí que la ha hallado en este juego tan sutil y arrebatador, tan violento y apacible, tan delicado y aguerrido, tan… ¿Y qué fue del protagonista de esta historia: el enfermero? Nunca se supo nada más de él.

Lamentablemente. Si aún vive, y ruega que sea así, mi amigo quiere que esto sirva de homenaje a aquel hombre que, de manera desinteresada, con uno de esos gestos que hacen los grandes hombres en los que se hace el bien porque sí, sin esperar nada, cambió la vida de mi amigo.

Él quiere de este humilde modo agradecer a aquel enfermero, a aquel buen hombre, que hiciera su vida, gracias al regalo de aquel libro, mucho más plena, luminosa y bonita. A ese enfermero y a otros grandes héroes anónimos que nos hacen la vida a todos un poco mejor.

Comencé el relato diciendo que iba a contar una historia. Y que podríamos decir que es la historia de un amigo. Es verdad, podríamos decirlo, pero no lo vamos a hacer; y no lo vamos a hacer porque no es la historia de un amigo, es mi historia.

 

1 Originalmente publicado en la revista Jaque, nº 642, marzo 2010, págs. 68-69. José Manuel
Campillo Ortega es autor de Sonata para perdedores.
Selección de cuentos de ajedrez - Club d’Escacs Sant Martí (Barcelona)