Confieso que fui el primer campeón mundial pirata en la historia del ajedrez
Ahora que estoy viejo, enfermo y sin esperanzas, dicto estas Memorias a quien fue mi manager y amigo personal, Albino Alavez, a quien le pido perdón por haberlo engañado tanto tiempo.Pido perdón también a mi familia, pido perdón a mis amigos, pido perdón a los ciudadanos de mi país, pido perdón a la comunidad ajedrecística internacional.
Soñé desde niño llegar a la máxima cumbre del ajedrez y apliqué toda mi energía, esfuerzo, constancia y talento para lograrlo. ¡Y lo conseguí! ¿Cómo? He aquí la historia del gran fraude que fui como monarca universal del ajedrez.
Los años dorados de la vida son aquellos cuando ninguna preocupación aflige nuestra alma. Entonces, con la inolvidable palomilla de Nogal, gustaba de jugar al fútbol americano en una de las apacibles calles de la colonia Santa María la Ribera. Armábamos los equipos: los Buenos en contra de los Malos.
Éramos los Buenos: Carlitos Torres, Arturo Bordi, Carlos del Real, Rosalío del Rosal y yo, en contra de Carlos Rosas, Fausto “El Penchuques”, René Chambón, Héctor “El Loquito” y Ricardo “El Poro”.
La cancha era la calle de Instituto Técnico Industrial, desde Manuel Carpio hasta Salvador Díaz Mirón. El ovoide era una vieja pelota que sus hermanas habían regalado a Arturo en uno de sus cumpleaños, y parecía todo menos balón de americano. Los espectadores y porristas eran los chiquillos de la palomilla que seguía de nosotros hacia abajo.
Estábamos a punto de terminar el partido con la pizarra empatada a 14 puntos, cuando Carlitos Torres me envía un pase hasta las diagonales. Intenté cachar la pelota, de hecho la atrapé, pero se me enredaron los pies y allá voy. Me golpeé la cabeza contra el pavimento y ahí quedé.
Desperté en el hospital.
Pasaron los años. Regresé al ajedrez y para mi sorpresa empecé ganándole a todos los compañeros del Politécnico. ¡Increíble!
Me inscribí a un torneo y lo gané. Me inscribí a otro y lo gané; a otro y a otro, y también los gané.
Probé suerte en un Nacional. ¡Maravilla de maravillas! Derroté sucesivamente a Gilberto, a Juan Carlos, a Memo, a Hoyos, a Capó, a Pepe González, a Martín del Campo, a los Garméndez, etc.
Ganar el Nacional en México, el Campeonato Abierto de los Estados Unidos y otros torneos en España, me abrieron las puertas para ingresar al circuito reservado a los jugadores de élite.
Los grandes nombres del ajedrez resultaron pan comido. Uno a uno los fui aplastando, por eso la prensa y la televisión, siempre en busca de nuevas estrellas, me apodaron “La Trituradora”. El último en caer fue el campeón reinante. Era un joven noruego muy amable y muy simpático, que tiró la toalla en la octava partida. ¡Así me convertí en el campeón del mundo! La fama me sonría. La revista Time me dedicó una portada y un extenso artículo. El dinero abundaba. Fui el primer ajedrecista en aparecer en las listas de Forbes. Y el primer mexicano con más alto rating entre los cien mejores de la FIDE. Las invitaciones para participar en los grandes torneos me llovían y siempre ¡ganaba!, ¡¡ganaba!!, ¡¡¡ganaba!!!. Fui monarca del ajedrez invicto durante veinte años.
¿Dónde estuvo la trampa?
Ahora les cuento.
Desperté en el hospital con el cráneo rapado. Después del golpazo en mi intento por completar el touch down, la palomilla llamó a la ambulancia. Los médicos se aplicaron. Luego supe que la a operación duró más de diez horas.
Antes de firmar mi salida del hospital, un joven doctor se acercó a mi cama y después de revisarme a conciencia, confesó lo siguiente:
“Amigo mío, mis colegas y yo le implantamos en el cerebro un micro chip capaz de almacenar toda la información del mundo. Como sus compañeros dijeron que usted juega ajedrez, decidimos programar el micro chip con millones y millones de aperturas, variantes y sub variantes, de modo que, con sólo pensar, su cerebro se comunica a la poderosa computadora central, la que en cuestión de segundos resuelve el más intrincado problema de ajedrez que surja en el tablero. Puede usted confiar plenamente en que en los años por venir no aparecerán reacciones secundarias. La operación fue un éxito. Vaya usted con Dios.”