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Conocí a Marta en casa de mi abuela a las cinco de la tarde con siete minutos del viernes 22 de abril de 1921. Recuerdo bien la fecha porque ese día Marta cumplió cinco años.
1
La recuerdo porque en la mañana de ese día mi padrino Paulino me correteó por el patio de la casa hasta alcanzarme y doblarme como su puerquito y me obligó a tomar un frasco completo de aceite de ricino. La recuerdo porque en abril del 21 José Raúl Capablanca inició la conquista del campeonato mundial de ajedrez. Bien la recuerdo porque a mis cuatro años me enamoré de los enormes, profundos ojos azules de Marta. Azules como el cielo, azules como el mar, azules como el azul del arco iris. Los ojos de Marta tenían sin embargo algo extraño: uno miraba a “a8” y el otro a “h8”. Sí: sufría de estrabismo. Pero en mis sueños de niño eso no me importaba. Han pasado los años y vuelvo a ver a Marta vestida de blanco caminando por el jardín entre rosas, claveles, tulipanes, panalillos y nomeolvides, que mi abuela gustaba de sembrar con ayuda de José, el jardinero. Yo había ido por unos mangos y llevaba un morralito colgado al hombro. “Ella es Marta, hoy cumple cinco años; él es mi nieto Carlos”, dijo mi abuela. Marta avanzó hacia mí y me besó en la mejilla. Yo salí corriendo por el efecto del aceite de ricino, pero ese día, con aquél beso, aprendí a amar.
2
El aplauso es hoy para los caballeros de la tabla cuadrada que juramos ofrendar la vida si fuese necesario en aras de un ideal: preservar, honrar y hacer valer el código y el decálogo de los ajedrecistas de todo el mundo que unidos en una gran sociedad luchamos codo a codo por los derechos inalienables de nosotros los jugadores de ajedrez que escasos de medios para llevar al cabo nuestra actividad exigimos a los gobiernos mundiales verdad, justicia y total libertad para desarrollar nuestro intelecto creador difundiendo en prensa, cine, radio y televisión y por cualquier medio a nuestro alcance las bondades del juego-ciencia equiparables sólo al de la poesía, es decir, al sublime arte del espíritu, porque la historia del ajedrez demuestra que en todas las sociedades maduras el ajedrez va un paso adelante pero ahora unos bellacos, unos malandrines, cavernícolas salidos de quién sabe dónde y que recientemente han aparecido en algunos países, se pavonean mostrándose en calzoncillos cortos y batas vistosas por los rines europeos. ¡Acabemos con estos granujas que practican el chessboxing! ¡Mueran estos trogloditas del ajedrez! ¡Abajo con los ignorantes que quieren matar nuestro noble juego que es ciencia y arte a la vez! ¡Ajedrecistas del mundo: uníos en esta cruzada universal! ¡He dicho!
3
Apareció de pronto la mujer que jugaba ajedrez y sin más ocupó un lugar en el Club Reforma. Vestía jeans y una blusa roja desabotonada de arriba que escondía dos pechitos blancos semejantes a los peones c2 y e2. Nadie supo de dónde vino o quién la invitó. Llegó, jugó, ganó y se fue. Regresó a la semana siguiente. Por demás está decir que su visita causó revuelo en el club. Todos le echamos montón a la mujer que jugaba ajedrez. Su nombre: Claudia Teresa. Edad: 38. Tez: blanca. Altura: 1.75. Medidas: ¡Perfectas! Fuerza: ¡de gran maestra! Apertura favorita: peón dama. ¡Claro! Felices horas gastamos en el club en compañía de Claudia Teresa. Aunque nos vapuleaba y repasaba, su presencia era como un canto a la vida en aquel club de jubilados, la mayoría viudos y con polluelos que hacía muchos ayeres habían remontado el vuelo del nido paterno. Los jubilados esperábamos con impaciencia a Claudia Teresa, que además de jugar excelentemente al ajedrez contaba historias que el grupo escuchaba con suma atención. En la última de sus historias la protagonista principal era ella misma. Claudia Teresa cargaba su cruz: padecía una enfermedad terminal de esas extrañas que atacan a una persona en un millón y para la que no hay cura posible. Claudia Teresa conocía su destino y lo aceptaba con resignación. Cuando llegó el final de la partida, se rindió sin protestar.
Carlos Vázquez Escobar
Naucalpan de Juárez, Edomex.
Viernes 16 de julio de 2010.