El rinconcito del Ajedrez

Estamos de acuerdo en que El Rinconcito del Ajedrez no era el nombre apropiado para una peluquería.  

Don Bartolomé Escobar, su dueño, creyó que cometería un pecado al cambiarle la denominación al establecimiento fundado en el siglo diecinueve por su abuelo don Bartolo Escobar y sostenido después con grandes sacrificios por su padre don Bartolmaí Escobar, y así lo dejó.
El Rinconcito del Ajedrez formaba parte de la residencia de don Bartolomé, y daba servicio de cuatro de la tarde a siete de la noche. A esa hora cerraba sus puertas y se abrían las de la residencia de don Bartolomé para que sus amigos y algunos clientes fieles pasaran a disfrutar de su juego predilecto, el ajedrez, y a comentar las noticias que escuchaban por la XEW en la voz de Ignacio Santibáñez. Eran los apacibles días de los últimos años cuarenta.
El negocio de la peluquería ya no era negocio, de modo que don Bartolomé Escobar trabajaba de ocho a tres en la Colecturía del pueblo, una oficina de Hacienda donde se pagaban los impuestos. No exagero al decir que todo el mundo conocía a mi tío y tutor, don Bartolomé. Así como todo mundo conocía también a su esposa doña Isabel, quien era dueña de una pescadería en el mercado municipal.
El mercado municipal abría a las cinco de la mañana y desde esa hora se abarrotaba de gente que prefería realizar sus compras temprano y evitar el insufrible calor del mediodía.
Como la familia de don Bartolomé se levantaba temprano, El Rinconcito del Ajedrez sesionaba hasta las diez de la noche hora que el perico Tobías recordaba a los asistentes con la frase “¡Maestros, la bandera está por caer!”.
Sin terminar las partidas, los asiduos al ajedrez se despedían de su anfitrión y salían en grupo hacia sus respectivos domicilios. A esa hora de la noche el pueblo era un pueblo muerto.
El perico Tobías tenía su historia. Se lo habían regalado para un cumpleaños a la mamá de doña Isabel, doña Eusebia, quien lo había criado desde que llegó así de chiquito, desnutrido y sin plumas. Como en la familia no hubo nietos, doña Eusebia volcó su cariño en aquel plumífero que junto con la perra –negra como la noche y tan larga como su nombre: la Corbata--, eran los únicos animales en aquella casa donde predominaban las mujeres: doña Carmen, madre de don Bartolomé, que pasaba largas temporadas con su hijo; Mariyita, sobrina de doña Isabel, y que era la encargada de poner en orden la casa, y tres señoras que ayudaban en las distintas tareas del hogar.
Mientras Tobías era el anunciador oficial (“¡Chevita ya es la hora de la misa”, “¡Señoras, Tobías tiene hambre!”), la Corbata era el guardián de la casa, pues se acostaba en el corredor y nadie, ni los conocidos carteros, al ver aquel perrazo osaban trasponer la puerta abierta de par en par.
Como los amigos de don Bartolomé no eran muy cuidadosos de su lenguaje, además de que en el pueblo de diez palabras pronunciadas once eran groserías, el perico Tobías nutrió su léxico con las mejores frases y cuentos dignos de la mejor picardía mexicana. No era raro oírle decir “joder” y “puta maye” --Tobías nunca aprendió a pronunciar la “d”--, cuando algo le molestaba.
Entre los amigos de don Bartolomé que jugaban ajedrez estaba don Arturo Fierro, mecánico muy competente a quien le apodaban el resucitador de vehículos, ya que cualquier coche, en el estado en que se lo entregaran, lo hacía caminar. También le jugaban bromas: “Este Fierro tiene muchos fierros pues de cada peso que gana ahorra dos”. Y era verdad. Nunca conocí una persona que tuviera tan arraigado el hábito del ahorro como don Arturo. Años después, don Arturo sorprendió a sus amigos.
El chino Chong era otro cliente habitual al ajedrez. Era dueño de una tienda de dulces, galletas, chocolates y tantas cosas ricas más que recuerdo con deleite porque ahí gastaba mis domingos. Ahora que juego a los trabalenguas con los hijos de mis hijas, mi nieto Jorge Antonio me sorprendió con éste de un chino, que ustedes no pueden repetir a la velocidad del rayo sin equivocarse:
“Chino chango rechiflado que a tu china changa chiflas,
Por qué chiflas a tu china changa chino chango rechiflado”.
Visitaban también El Rinconcito del Ajedrez el señor Calderón, cuando se lo permitían sus deberes como presidente municipal; el señor Espejel, joyero; don Félix, comerciante mayorista; el Chato, dueño de la mejor marimba del pueblo y cuyas hijas me traían de cabeza; el abogado Patricio de la Barquera, el doctor Zebadúa --en su casa vi por primera vez un pavorreal y un quetzal--, el general Corzo, encargado de la Zona Militar; mi padrino Juan, coronel del ejército, y el ruso Mazaltov, el mejor y más joven de todos, cuyas hazañas narré en otra parte.
La última vez que vi a estos jugadores de ajedrez saboreaban el aromático café chiapaneco que les servía Mariyita, acompañado por deliciosas y rojas rebanadas de marquesote hecho en casa, mientras sus miradas, algunas tranquilas otras nerviosas, vagaban por las 64 casillas del tablero.
Yo no entendía nada del ajedrez, pero observaba atentamente a los jugadores y dentro de mí felicitaba a mi tutor don Bartolomé Escobar, por proporcionarse y proporcionarle a sus amigos estas horas de solaz después de una agotadora jornada de trabajo.
Cuarenta años después volví a El Rinconcito del Ajedrez. Los herederos de don Arturo Fierro me platicaron que su padre, con los ahorros de su vida, había comprado las casas de toda la manzana y después la vendió a unos inversionistas que construyeron una plaza comercial como las de México, un mall como los de Estados Unidos, un centre commercial, como los de Francia.
El Rinconcito del Ajedrez que me vio nacer y donde transcurrió mi infancia feliz, donde en su huerta me harté de nanches, jobos, guineos y papayas, donde en las frescas noches de Otoño Mariyita me arrullaba en la hamaca, donde tirado en su patio encementado admiré el inmenso cielo estrellado mientras le platicaba a la Luna mis sueños de niño, ése Rinconcito del Ajedrez estaba ahí, frente a mí, convertido en salas de cine, locales de comida rápida, tiendas departamentales y… no pude más. Los ojos se me llenaron de agua y lloré sobre el hombro de Arturo Fierro hijo. El Rinconcito del Ajedrez sólo existe en mi memoria.
Carlos Vázquez Escobar
Naucalpan de Juárez, Edomex.
Lunes 16 de agosto de 2010.