¿Qué tanto confías en ti mismo?

¿Qué tan bueno o malo es el exceso de confianza? En mayo de 1997 Garry Kasparov —el mejor jugador de ajedrez del planeta— fue derrotado por la computadora de ajedrez de IBM Deep Blue. Para muchos esa fecha marca un parteaguas en la certeza de la superioridad del ser humano sobre las máquinas, o como la revista Wired lo describió: “(desde ese día) la raza humana tiene un complejo de inferioridad… y el lugar de la humanidad en el orden de las cosas se modificó”.

Kasparov había vencido con facilidad a una versión anterior de la computadora de IBM, así que se sentía confiado; se equivocó. Al final Kasparov comentó que su fracaso se debió a su éxito, pues sobreconfió en los logros acumulados y nunca se percató de que cada juego exige nuevas —y repensadas— estrategias.

Confiar en que acertaremos nos ayuda a asumir riesgos y reducir el estrés que ello implica. Pero, suele haber momentos en los cuales la confianza en uno mismo provoca que se relaje el intelecto, que uno sea menos perseverante, menos inquisitivo y actúe improvisadamente. La consecuencia natural de tomar decisiones en ese escenario es el error. Siempre es mejor recordar: No creas todo lo que piensas.