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En el marco del décimo aniversario luctuoso del narrador jalisciense aparece el libro de cartas inéditas Sara más amarás
CIUDAD DE MÉXICO, 11 de diciembre.- A diez años de su muerte, se desvela una faceta “totalmente desconocida”, más íntima, del escritor jalisciense Juan José Arreola (1918-2001) con la publicación de las cartas que le escribió a su esposa Sara Sánchez, a quien conoció en una corrida de toros en 1942.
Sara más amarás, el palíndromo que el autor de Confabulario le escribió a la mujer con la que se casó dos veces, es el título del libro que reúne una correspondencia hasta ahora inédita que muestra no sólo la construcción de un cariño, sino el nacimiento y el origen de un contador de historias.
“Incluso para mí fue una sorpresa. No conocía el 95 por ciento de este material, pues mi madre conservaba las cartas bajo llave. No todas son de amor. También evidencian su visión del mundo a través del tiempo”, comenta Orso Arreola, hijo del novelista.
Editado por Joaquín Mortiz, el volumen de 272 páginas fue compilado por los nietos del también ensayista, los músicos José María y Alonso, quienes tuvieron la suerte de conocer las misivas una noche en la cocina de su abuela Sara. Las cartas, que datan de 1942 a 1950, retratan a un Arreola joven, de 19 años, enamorado y en proceso de armarse como escritor.
El director de la Casa Taller Literario Juan José Arreola, ubicada en Ciudad Guzmán, Jalisco, que preserva desde hace cuatro años la memoria y el legado del autor de Varia invención, agrega que las misivas fueron enviadas a su madre desde Guadalajara, la Ciudad de México, París y Nueva York.
Añade que además se acaba de publicar la primera versión en alemán de la novela La feria, escrita por su padre en 1963; y que se trabaja en la traducción de su obra al ruso y al neerlandés.
Dice que aún se conservan en el archivo familiar textos inéditos del autor de Bestiario, como algunas obras de teatro que escribió en su juventud; pero que no todos son publicables. “Estamos viendo qué hacer con ellos, pues sólo queremos dar a conocer lo que tenga valor literario”.
Inventor de palabras
“Los mejores textos de Arreola no se escribieron, se los contó a sus amigos y amigas”, afirma el crítico literario Emmanuel Carballo (1929), amigo y paisano del gran recitador y editor, a quien conoció en el Café Apolo de Guadalajara en 1952.
“Tenía una gran facilidad de palabra, y un rico vocabulario. Era ocurrente, inventaba algo grande de una pequeña cosa. Era uno de esos talentos apabullantes que te dejaban sin aliento”, señala.
“No era el escritor de los manuales, que se levanta a tales horas y se baña, se desayuna, se pone a leer cinco horas todos los días, sale a pasear, tiene amigos, mujeres y alcohol. A él le gustaba beber solo o con gente muy cercana”, recuerda.
El escritor y estudioso de las letras mexicanas confiesa que, como hombre encerrado en sí mismo, no le interesaba el mundo extrovertido de Arreola: le gustaba el ping-pong, las carreras de automóviles o de bicicletas, “que seguía paso a paso, minuto a minuto”, y el ajedrez.
“Le fascinaba perder el tiempo, aparentemente. Muchos pensaban que en ese tiempo que dedicó al ajedrez pudo haber escrito una novela o un libro de cuentos; quizá, pero él se recargaba cuando sus baterías bajaban, ese tipo de cosas le sugerían ideas, metáforas, adjetivos, historias.
“Hacía algo muy bonito. Te comenzaba a platicar sobre algo que te sonaba raro al principio; pero luego me di cuenta que eran historias que pensaba escribir y ponía a consideración de sus amigos. No perdía el tiempo”, dice Carballo, de quien le editó su primer libro de
cuentos.
Ajedrez y poesía
Quien sí disfrutaba jugar ajedrez con el catedrático de la UNAM y locutor de televisión, que cautivaba con la capa negra que siempre vestía, es el poeta Homero Aridjis (1940), quien lo conoció en el Centro Mexicano de Escritores a fines de los años 50 de la centuria pasada y esa misma noche lo invitó a su casa de Río Elba.
“Jugamos hasta la una de la mañana y, como le gané, me pidió que volviera al día siguiente para darle la revancha. De revancha en revancha nos hicimos amigos en la literatura y en el juego. Muchas veces, entre movimiento y movimiento de ajedrez, decía versos de Quevedo, García Lorca, Rilke, Claudel, Carlos Pellicer o López Velarde”, narra.
“Arreola simplemente era inolvidable, un gran escritor y un personaje inventado por sí mismo, una figura de su Confabulario, de su invención. Con él aprendí la generosidad de espíritu y a leer con un sentido crítico”, añade.
El también diplomático destaca que el Premio Nacional en Lingüística y Literatura era un gran catador de versos, de frases. “Desde la primera línea sabia si un texto funcionaba o no. Tenia un instinto nato por las palabras, por el ritmo. No por nada Julio Cortázar lo llamó maestro y Borges lo respetaba”.
Piensa que es necesario difundir más la obra de Arreola, leerlo más. “En un país donde es necesario ilustrar a los políticos, se debería leer más a Arreola para que aprendan a leer, a expresarse, a sentir nuestra cultura literaria”.
Por su parte, la escritora Mónica Lavín (1955) participa, invitada por la Secretaría de Relaciones Exteriores, en un homenaje internacional dedicado al narrador que murió a los 83 años un 3 de diciembre de 2001, en el que reflexiona sobre su obra con una mirada fresca.
“Daré una conferencia en La Haya, en Berlín, Praga, Viena y Budapest. Volverlo a leer fue delicioso. No fui su alumna, ojalá. Fui su lectora. Confabulario me marcó de adolescente, por su poder para la prosa breve, el manejo del cuento, el humor y el lenguaje”, concluye.
Excelsior
Cd. de México, DF
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Lunes 12 de Diciembre de 2011
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